Pastel de Bodas

La tradición del pastel de boda se remonta, según dicen, a la época de los romanos, cuando se colocaba un pan sobre la cabeza de la novia y se rompía sobre ella como símbolo de fertilidad.

La Reyna Victoria creó una tradición en la indumentaria nupcial al casarse con un vestido de novia blanco frente a las vestimentas de diversos colores –a excepción de negro y rojo– que se usaban de manera habitual. Símbolo de juventud, pureza y virginidad, el blanco se impuso como modelo para las futuras novias de la realeza.

 

El bizcocho nupcial fue diseñado por John C. Mauditt, pastelero de la casa real. Tenía varias alturas, pesaba 136 kilos y contaba con una decoración floral con bouquets o ramos atados con cintas y un cupido que anotaba en un libro la fecha del enlace. 

Pero el ornamento más sobresaliente se encontraba en la parte superior de la tarta, donde Mauditt colocó una imagen de Britania (personificación de Gran Bretaña), ataviada a la griega y bendiciendo a la pareja real; las figuras tenían a sus pies un perro y unas palomas, símbolos de fidelidad y felicidad respectivamente.

 Un adorno que inició la extendida tradición de colocar la figura de los novios en los pasteles de boda.

A partir de ese momento, el pastel se convirtió en un elemento que trascendió su función culinaria para convertirse en una imagen simbólica, destinado a consumirse con el sentido de la vista más que con el del gusto.

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